-“Jamás pensé que llegaría a enojarme tanto con la vida, yo creo que todas las cosas pasan por algo… pero juro que jamás voy a entender porqué ocurrió todo esto”

Emilia acababa de bajar de la camioneta, frente al mismo edificio de siempre, en el mismo lugar de siempre… sin embargo, todo era diferente. Muchas emociones pasaban por su corazón y en su cabeza un montón de imágenes y recuerdos no la dejaban en paz. Ese momento fue crucial para que ella se diera cuenta de la forma vertiginosa en que su vida había cambiado esos últimos meses. Un recuerdo llegó a ella… y fue como si el mundo fuera más lento: Comenzó a recordar cuando exactamente hace nueve años y tres meses, se enteró de que dentro de ella comenzaba a crecer una vida. Recordó después, cuando supo que el nuevo ser sería Tomás, y mientras fantaseaba con toda la ropita que le compraría, pudo sentir como el pequeño comenzaba a patear y a hacerse notar.

De pronto volvió a la realidad y sin saber cómo, se encontraba frente al frío edificio, ese frío hospital al que había estado yendo diariamente los últimos meses.

-“Tal vez si me hubiese dado cuenta antes de que algo no andaba bien. Si tal vez hubiese notado los cambios, la realidad podría ser diferente”

Tenía una angustia en su pecho, y un nudo en la garganta que no había forma de sacar. Puso su mano sobre la manilla que abría la puerta de la entrada principal del hospital, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Un nuevo recuerdo llegó a ella…

Era un día más, ya era rutina, Emilia llegaba temprano al hospital, desayunaba con Tomás, después se iba a hacer las compras, y regresaba a la hora del almuerzo, y de ahí no se iba hasta la noche. Pasaba toda la tarde con su hijo.

-Mamá… ¿Cuándo voy a poder volver?- Preguntó Tomás.

- Ya falta poquito mi amor- Respondió Emilia con dulzura- pero mientras, te tienes que portar bien y hacer bien el tratamiento de acuerdo?

- Bueno… pero igual extraño mis cosas… mi cama y todo… -La cara del niño tomó una expresión triste-

-Lo sé mi vida… pero te tienes que poner bien primero ¿sabes? Porque en casa todos te extrañamos mucho, mucho y queremos que vuelvas lo antes posible… pero recuperado…

-Pero ¿qué es lo que tengo? –Sonaba asustado- ¿Es muy grave?

-Todavía no sabemos hijo… por eso los doctores te están haciendo exámenes…

Se quedan un rato en silencio y Tomi miró por la ventana, recostado sobre su camilla…

-Mira mamá… -apuntando la ventana con el dedo-

-¿Qué cosa amor?

-El cielo… el sol… todo… hace mucho tiempo que no salgo de aquí… y el día está hermoso… -Miró a su madre con los ojos brillantes -a veces me gustaría poder volar… como los pájaros… y así poder salir de aquí volando por esa ventana y no regresar nunca… pero yo me parezco más al pichón que está en el nido, ese que está en el árbol que se puede ver desde acá, porque todavía no puedo volar… todavía no he aprendido a hacerlo… pero sé que algún día lo haré…

A Emilia se le llenaron los ojos de lágrimas al escuchar esas palabras de su hijo

- Tranquilo Tomi, no pienses en eso… ya vas a poder salir de acá, te lo prometo…

-De verdad  ¿ lo prometes?

La ilusión que había aparecido en la mirada de Tomi le hizo imposible a su madre responderle con un “no”

-De verdad,  lo prometo…

 

La gente que pasaba caminando por los pasillos la miraba, como si tuviera algo raro, y si, es probable, ya que sus ojos y cara hinchada de tanto llorar, no pasaban inadvertidos. Todos al verla se daban cuenta de su dolor, solo al ver su aspecto. Llegó hasta la mitad del pasillo, presionó un botón, y esperó que las puertas del ascensor abrieran…

 

“No entendemos que está pasando. No hay manera de explicar que los dolores continúen. El tratamiento debería haber funcionado. No hubo un solo médico que me dijera algo distinto. Fueron más de cinco médicos distintos, hasta que por fin encontramos a uno que tomó las decisiones correctas y supo de inmediato que era lo que tenía Tomás”

 

Todo estaba ocurriendo en cámara lenta para Emilia, era como si le hubiesen dado un golpe tan pero tan fuerte que todavía no era capaz de reaccionar. Las puertas del ascensor se abrieron, y un par de personas salieron de él, ella no fue capaz de avanzar, puso una mano sobre la pared y cerró los ojos tratando de relajarse.


“Si tan solo hubiese podido evitarle el sufrimiento, que no tuviera que pasar por todo eso… era muy chiquito para entender porque le tenían que hacer todo ese tratamiento… jamás lo entendió, y siempre sufrió con eso… y jamás alcanzó a entenderlo, pensaba que cuando volviera al colegio sus compañeros lo molestarían por no tener cabello, y yo no sabía que responderle”

 

La mente de Emilia era un montón de recuerdos, un montón de voces, de caricias, de palabras, de risas, tantas cosas pasaban por su mente mientras observaba los números del ascensor que subía. 

 

“Tomás fue… bueno, es un gran niño. Siempre lo va a ser. Donde sea que esté, donde sea que se encuentre… siempre sabía cómo ver el lado positivo, a veces, incluso él me animaba a mí, cuando era yo la que tenía que apoyarlo a él, para poder luchar juntos. Perdón. Me corrijo, luchar no, si no que… vivir…”

 

Otro recuerdo se apoderó de ella…

 Un día cualquiera, don  Juan, un vecino, muy amigo de la familia llegó al hospital para visitar a Tomás:

- Hola Tomás… ¿Cómo estás?-Preguntó amablemente el señor-

-Estoy un poco enfermo, pero estoy bien… no se preocupe…

-Yo se que estás bien… -Afirmó Juan- y ya vas a estar mejor… vas a ver, tus papás te van a apoyar, y los médicos te van a dar muchas armas para poder combatir tu enfermedad, y ¿sabes qué? Eres un niño muy fuerte, y yo sé que no vas a perder, yo sé que no te vas a rendir… yo sé que después vas a salir de este lugar cantando victoria, vas a ver…

Tomás guardó silencio pensativo por unos segundos y miró hacia la ventana que era dueña de su imaginación, hasta que tranquilamente le respondió

- No me gusta que le diga así…

 -¿De qué hablas?

-No me gusta cuando la gente dice que los médicos me dan “armas” para “combatir” mi enfermedad… o que no voy a perder contra ella, y que voy a tener la victoria, que no me rinda… que es una batalla…

Emilia concentró toda su atención en analizar lo que su hijo estaba diciendo…

-Pero… ¿Por qué? Si eso es, o no? –Juan miró con confusión a Emilia, luego volvió a dirigir su mirada al niño- Es una batalla… es como si la enfermedad fuese tu enemigo y tú lo tienes que vencer…

-Ese es el problema… -Respondió Tomás con seguridad- yo siempre leo sobre mi enfermedad, se muy bien de que se trata, es Cáncer, y no me gusta que en las noticias siempre que un paciente se muere digan: “Tras una heroica batalla contra el cáncer…” –El pequeño hizo una pausa para volver a mirar hacia la ventana, luego prosiguió- Yo sé que me puedo morir…  -Miró al señor directo a los ojos- Eso significa que si me muero… ¿soy un perdedor? ¿Significa que me rendí?

-No me refiero a eso Tomi –Balbuceó Juan aturdido por la respuesta del niño- lo que quiero decir es que… - Tomás lo interrumpió

- Ya sé lo que quiere decir, pero no está bien, no es la mejor manera…  ¿Eso quiere decir que si me muero es culpa mía solo porque me dejé vencer? Solo digo que… contra el cáncer, no siempre sirven las metáforas sobre guerras… 

-¿Cómo sabes todo eso? –Indagó Juan sin poder creerlo-

-Mi mami me regaló muchos libros, y también un diccionario para ver las palabras que no entiendo- Respondió Tomás con naturalidad.

Emilia y Juan se miraron sin saber que responder, sorprendidos al jamás haberse dado cuenta de esto, y con mayor razón les sorprendía la lógica que había utilizado Tomás siendo tan pequeño.

 

Por fin, fue capaz de entrar en el ascensor, se apoyó contra la pared y estiró su brazo para presionar el botón correspondiente. Las puertas se cerraron. Iba sola. Miró a su alrededor. Había espejos. Su reflejo le reveló algo que no había podido comprender hasta entonces. Subía lentamente, ya no le importaba llevar la cuenta de los pisos que faltaban para llegar como antes, ya no tenía sentido contarlos. El ascensor llegó por fin al piso 7, Emilia había perdido la cuenta de cuantas veces había hecho ese recorrido hasta la habitación 703. Cuando las puertas se abrieron, dio un paso hacia adelante y sintió un mareo tan fuerte que necesitó sujetarse en la pared. Era demasiado extraño volver a ese lugar, y tantas emociones pasaban por su cuerpo que un mareo era lo mínimo que podía sentir. Todo estaba diferente… cuando en realidad, era igual que siempre.

 

“Ahora veo todo con otros ojos. El ascensor, la habitación, el hospital, el pasillo, todo. ¿Recuerdas esa sensación cuando te vas de viaje y después de mucho tiempo vuelves a casa? Sientes que las cosas cambiaron, pero, todo se ve igual, huele igual, son los mismo muebles y las mismas paredes… y es en ese momento cuando te das cuenta de que la que cambió… fuiste tú.”

 

Había sido una buena madre con Tomás. Siempre hizo lo que creyó mejor para él, comenzó a recordar algo que para ella fue una de las mejores decisiones que había tomado…

 

Era domingo, día del almuerzo familiar. El papá de Tomás, Salvador,  iba a venir con su esposa Sara. Desde que Emilia y Salvador se habían divorciado, mantuvieron una muy buena relación de amistad, había mucho cariño entre ambos además de estar unidos por Tomi. Emilia conocía a Sara también, y era una muy buena persona, por eso, se preocupó mucho de que Tomi tuviese una buena relación con ella, después de todo, era la mujer de su papá, y lo mismo hizo con Nicolás, su nuevo esposo, Tomi tenía muy claro quién era cada uno, y a todos los quería mucho. Emi pensaba que eso era lo más sano para que no le afectara la separación de sus papás. Mantener una buena relación después de terminar las cosas bien. Emilia no se había separado de Salvador por tener demasiados problemas, de hecho discutían muy poco. Sin embargo, ambos sintieron como la relación se iba apagando, y ya no era lo mismo, así que antes de que se lastimaran el uno al otro, se dieron el tiempo de conversar sobre el tema, y llegaron a que eso era lo que era mejor para todos. Ahora eran muy buenos amigos, y ambos eran felices con las personas que amaban.

 

“Todo pasó demasiado rápido. Faltaban cuatro días para su partido de fútbol, ese que había esperado tanto. Me había pedido que le comprara el equipo, las zapatillas y todo. Practicó mucho esa semana con Nicolás. Estaba demasiado emocionado…”

 

Todo terminó tan rápido como empezó. Mientras caminaba hacia la habitación pensaba en eso. Ese día, había ido al hospital solo para poder llevarse un libro de dibujos que se había quedado en la habitación que ocupaba Tomás. Varias semanas antes, seguramente Tomi habría estado llenando sus páginas con colores, pero ya no era así. Llegó a la habitación y lentamente entró. El aroma de su hijo invadía la habitación. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro al ver el libro sobre la cama, lo tomó entre sus manos y comenzó a hojearlo con cuidado. Tantos dibujos habían en él, que alcanzaban para tapizar una pared. Dos dibujos en especial le llamaron la atención. En uno de ellos, se podía observar la familia completa, Salvador, Sara, Nicolás, Emilia y Tomi. Un detalle en ese dibujo la hizo sonreír… Tomás había dibujado a Emilia con una pancita, e indicado con una flechita decía: “Hermanita”. Se había enterado hace poco de que tendría una hermanita, y se había puesto muy feliz. Observó el dibujo por unos minutos más, hasta que sintió una suave patadita, Emilia acarició su panza mientras daba vuelta la hoja para ver el siguiente dibujo.

En un comienzo, le costó un poco comprenderlo, pero finalmente, se dio cuenta de que era la ventana de la habitación. A través de ella, podía ver muchas aves volando, con un gigantesco y brillante sol. Ella se acercó a la ventana para tratar de entender que era lo que le llamaba tanto la atención a Tomi de la ventana. La imagen que pudo observar en ese momento, la marcó para siempre.

A través de esa ventana, la cual Tomi había estado observando todo ese tiempo, hasta que su cuerpo no resistió más, se podía observar un pequeño parque, donde había unos juegos para niños. Una pequeña que se divertía en el columpio encontró su mirada con la de Emilia, y la niña moviendo su mano, la saludó con una sonrisita. Emilia le respondió de la misma manera, luego observó el árbol que una vez le había mencionado su hijo, y efectivamente, había un nido con una ave en él. Justo en ese momento, la pequeña ave comenzó a estirar y mover sus alas, dio un par de saltitos dirigiéndose al final de una de las ramas, y moviendo sus alas con más fuerza, emprendió por primera vez el vuelo. Ese día el sol estaba radiante, y se podían observar muchas aves volando bajo su calidez y bajo el cielo azul. Emilia volvió a mirar el dibujo de su hijo, y con una pequeña sonrisa llena de paz, cerró el libro y lo guardó. Caminó tranquilamente hacia la salida del hospital, ya no tendría que volver nunca a allí. Nicolás la estaba esperando en el estacionamiento…

-¿Estás bien? –Preguntó él.

-Si… todo va a estar muy bien… creo que comprendí todo…- Respondió sonriendo, miró por última vez el sol rodeado de aves revoloteando y por un momento, le pareció ver que el este, de alguna manera, le sonreía, de la misma forma resplandeciente que Tomas, le sonrió cada día de su vida.

 

 

Tal vez algunas ya leyeron este corto, pero tambien puede que otras no, así que lo subo para que lo lean. Espero que les guste... :)

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